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Historia del ministerio

​El nacimiento de la diplomacia moderna se remonta a la aparición del Estado-nación como sistema de organización política. Esta construcción se dio entre los siglos XV y XVII, periodo en el que a lo largo y ancho de Europa van desapareciendo los sistemas feudales y surgiendo reinos bajo el poder de un monarca absoluto. La Paz de Westfalia, en 1648, puso fin a la Guerra de los Treinta Años y consolidó el ascenso del Estado tal y como lo conocemos hoy, como entidad que cuenta con soberanía sobre sus asuntos internos y desarrolla una serie de relaciones exteriores con los demás estados.

En España, el periodo coincide con el nacimiento de España como reino unificado, que bajo la dinastía de los Habsburgo tuvo que desarrollar una activa diplomacia en defensa de los intereses del Imperio. Las embajadas permanentes antes otros reinos se fueron configurando como herramientas esenciales de la política exterior del Reino de España, a las que se añadían las ya existentes delegaciones o embajadas temporales. Estas misiones eran controladas por la Corona.

El embrión de una institución equiparable al actual Ministerio -destinada a gestionar desde la capital las relaciones de España con el resto de países- se gestó en el reinado de Felipe V de Borbón. En 1714, el monarca creó la figura del Secretario de Estado que, entre otras competencias, asumía las relaciones exteriores. El primero en ocupar el cargo fue el Marqués de Grimaldo.

Esta institución se vería sometida a numerosos cambios cien años más tarde. Al término de las Guerras Napoleónicas, el Congreso de Viena codificó la práctica de las relaciones entre las distintos estados europeos y esto supuso un notable desarrollo del derecho y la práctica diplomáticos, con normas comunes en todo el continente.

Así, España transformó en 1833, bajo el reinado de Fernando VII, la antigua figura del Secretario de Estado en Ministro de Estado, cuyo primer titular fue Francisco de Cea Bermúdez. Con esta reformulación, nuestro país se dotaba de una institución análoga a la que disponían el resto de naciones europeas en la cual trabajarían fundamentalmente dos nuevos cuerpos, los funcionarios consulares y los diplomáticos, que acabarían por fusionarse en 1928.

La práctica diplomática consiste en la gestión de las relaciones políticas, económicas, comerciales, culturales, y la protección de los intereses en sentido amplio del Estado al que la Embajada representa. La práctica  consular se centra en los ciudadanos españoles que residen o han viajado al extranjero, aunque también incluye importantes funciones de información, y defensa de empresas españolas, entre muchas otras. Hoy día los funcionarios diplomáticos asumen las dos tareas.

El Ministerio de Estado pasó a llamarse Ministerio de Asuntos Exteriores tras la Guerra Civil. Durante la transición democrática  el Ministerio de Asuntos Exteriores fue una institución fundamental, pues se encargó de transmitir al mundo el cambio político que acababa de protagonizar la sociedad española, gestionar  la entrada en la Comunidad Europea e impulsar las relaciones con Iberoamérica y otras regiones prioritarias para la política exterior española.

En 2004, el Ministerio pasó a denominarse ‘Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación’ con el objetivo de subrayar el papel de España como país comprometido con el apoyo a los pueblos más desfavorecidos a través de la cooperación para el desarrollo.

El último cambio ha tenido lugar en 2018, pasando a ser el “Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación”, enfatizando así la vocación europeísta de España y la importancia primordial que la política exterior española otorga, a través del Ministerio responsable de ésta, a la Unión Europea.