Semántica de la gobernanza económica internacional (y europea)

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Blog "Reflexiones exteriores"
22DICIEMBRE2016
Semántica de la gobernanza económica internacional (y europea)

​Uno de los males de nuestro tiempo es la inflación de la semántica, merced a la cual las palabras tienden a ser más anchas que las realidades, y por ello a perder su sentido, en particular en la política. La idea de gobernanza global es un síntoma (no el más grave) de esa enfermedad

​Y es que, en efecto, más que ante mecanismos de gobernanza (que implican la existencia de instituciones y normas para la comunidad internacional en su conjunto) nos encontramos frente a una caja de herramientas heterogénea que tiene por objeto responder, de forma fragmentaria, a los diversos desafíos económicos internacionales actuales.

En esta caja encontramos en primer lugar las instituciones de Bretton Woods, pensadas para “gobernar”, por un lado, un régimen cambiario internacional - de tipos de cambio fijos - que ya no existe y, por otro lado, una reconstrucción post-bélica ya superada. Ambas instituciones han encontrado una segunda vida, la primera (FMI) en la gestión de los desequilibrios exteriores de sus miembros, y la segunda (BM) en la respuesta a los retos del desarrollo. Dos realidades importantes, pero que no agotan los desafíos de la economía internacional.

En segundo lugar está el GATT, luego OMC, que ha logrado establecer, ahí sí, una verdadera gobernanza en algunos aspectos del comercio internacional, aunque sus avances se han topado con la imposibilidad de superar la confrontación entre lógicas distintas: la del comercio como generador de riqueza, y la que lo considera como una pieza en la más amplia en la agenda del desarrollo (con el sector agrícola como terreno central de enfrentamiento), y las que tratan de integrar elementos normativos en materia de estándares laborales, medioambientales o de lucha contra la corrupción. Estas barreras se han tratado de vadear mediante la firma de acuerdos preferenciales bilaterales o regionales. El más comentado de ellos en la actualidad es el TTIP entre la UE y EEUU, que sin embargo parece encontrarse hoy en vía muerta, no sólo quizá por la actitud hacia el comercio internacional de la nueva Administración estadounidense, sino también  por las reticencias de las opiniones públicas de algunos importantes países europeos (Alemania y Francia, principalmente).

Y es que, retomando ideas formuladas por Pascal Lamy (1) , en muchas de nuestras sociedades hemos pasado de la lógica de la protección a los productores, vía barreras de distinto tipo, a la lógica de la protección de los consumidores, por la cual éstos se encuentran atentos a cómo puede afectar el comercio a su seguridad alimentaria, su privacidad, etc., e incluso a la solidez de sus instituciones democráticas (en particular de la independencia del poder judicial), de acuerdo con el principio de precaución. Con todo, esta última lógica no se aplica ni tiene efectos de forma homogénea. Así, un país como España, con tasas de paro más elevadas que las alemanas o francesas y una economía cada vez más competitiva, tiene mucho más interés en la primera lógica, que pone el énfasis en el crecimiento y por lo tanto en el empleo, que países que se encuentran en mejor situación. Y sin embargo España no controla su política comercial, que está comunitarizada, y por tanto tiene que ver cómo sus intereses se funden en las sensibilidades y prioridades de los otros socios de la UE. Esta es una de las asimetrías que se producen en la Unión, menos visible que las que se derivan del funcionamiento del Euro, pero igualmente existente.

En todo caso, a pesar de que su repercusión mediática pudiera hacer pensar otra cosa, dejar pasar el tren del TTIP no cierra la vía de los acuerdos preferenciales bilaterales y regionales para promover el crecimiento y la creación de empleo: hay signos positivos tanto en lo que respecta a la firma por parte de Ecuador el acuerdo multipartes como en lo que toca a las negaciones con MERCOSUR y con Japón que muestran la vigencia de la agenda de liberalización comercial de la UE y por ende de España.

La tercera herramienta  - en la que la etiqueta de la gobernanza global ha calado más – es la de grupos como el G-7 primero y el G-20 después. El G-7, que agrupa a las economías más importantes, ha tenido un papel limitado en la segunda mitad de los ochenta en materia de coordinación cambiaria, pero a partir de finales de los 90 quedó claro que en materia económica era necesario contar también con los países emergentes, de ahí la creación del G-20, que incorpora además una mayor diversificación geográfica. Constituye de este modo un foro de encuentro y discusión entre las principales economías del mundo y las economías emergentes (aunque, en la medida en que es un grupo cerrado a unos pocos Estados, siempre se planteará la cuestión de su legitimidad para orientar la economía internacional en su conjunto). El G-20 ha logrado algún éxito en la reacción colectiva ante la “Gran Recesión”, con una cierta coordinación de medidas en 2008, y cabe pensar que su existencia (y la experiencia histórica acumulada) ha evitado el excesivo recurso a políticas de “beggar my neighbour” que hubieran agravado los efectos de la crisis. También ha facilitado iniciativas útiles y concretas, como la cooperación internacional en materia fiscal (Base Erosion and Profit Shifting, BEPS), o la creación y desarrollo del Financial Stability Board, que lleva a cabo una labor relevante en materia de reforma de la regulación financiera internacional.

Sin embargo el G-20 se caracteriza también por lo que no ha logrado: ni una suspensión de las medias de protección comercial ante la crisis, como se planteó en 2008, ni una limitación de los desequilibrios (negativos y positivos) de las balanzas por cuenta corriente, ni una política de estímulo fiscal concertada (ambas medidas discutidas en 2010), ni la consecución de un objetivo global de crecimiento (como se planteó en la reunión de Brisbane en 2014). Estos intentos fallidos dejan ver lo lejos que nos encontramos en la actualidad de una genuina “gobernanza global” en el terreno económico.

En el G-20 es especialmente importante el papel impulsor de la presidencia rotatoria. De la presidencia alemana, que se ha iniciado en diciembre de 2016, cabe esperar una especial seriedad y coherencia. De acuerdo con su programa (2) una de sus prioridades será la resiliencia, en particular “reforzar la resiliencia de la economía global mediante la mejora de la resiliencia de cada una de las economías individuales del G-20”. Parece pues que la resiliencia bien entendida comienza por uno mismo, y este planteamiento sin duda abarca a la Unión Europea, que es miembro del Grupo. Dado que una de las condiciones esenciales para la resiliencia de la UE, o al menos de la Eurozona, frente a posibles choques, externos o internos, es que se complete la Unión Económica y Monetaria, cabe esperar que el importante e inconcluso proceso encaminado a alcanzar este objetivo continúe su desarrollo. La hoja de ruta plasmada en el Informe de los cinco presidentes de las instituciones europeas (3) señala que la próxima fase se iniciará en octubre de 2017 (tras las elecciones en Alemania). Entretanto es necesario continuar con los esfuerzos internos que hagan posible completar el edificio. Este objetivo es difícilmente alcanzable sin un proceso de convergencia macroeconómica previo entre los Estados que comparten el Euro como moneda común, convergencia que hay que entender que debe abarcar no sólo déficit y deuda pública, sino indicadores más “profundos” - en el sentido de que nos dicen mucho sobre la idiosincrasia de las sociedades que los producen  - como la tasa de ahorro o el signo de la balanza comercial. Se trata por tanto de un proceso complejo, pues afecta a elementos esenciales de la cultura y sociedad de los Estados miembros, y que, por ello mismo, si no se encuentra claramente formulado, es vulnerable y difícilmente sostenible. Sin un objetivo colectivo de perfil definido y asumido políticamente por la sociedad europea en su conjunto y por las sociedades nacionales de los Estados miembros, también el proyecto europeo, en su aspecto económico – que tiene implicaciones políticas obvias - corre el riesgo de extraviarse en el laberinto de la semántica.

 

(1) https://piie.com/events/new-global-trade-agenda citado por Federico Steinberg en http://www.blog.rielcano.org/el-ttip-y-la-nueva-economia-politica-del-comercio-internacional/

(2) http://www.g20.utoronto.ca/summits/2017hamburg.html 

(3) https://ec.europa.eu/priorities/sites/beta-political/files/5-presidents-report_es.pdf

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